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Teatro y Mercosur: la diferencia hace la unión
Alfredo Goldstein
 

Durante años y años se ha hablado de una necesaria unidad latinoamericana. Una singular utopía que, como tal, está ubicada siempre en el terreno de las ideas o del papel y que sólo puede desembocar en un sueño eterno. Las diferencias marcadas entre Uruguay y Cuba, por dar un ejemplo, rubrican una barrera infranqueable. Lo europeo y lo americano se conjugan, se superponen, se sustituyen o se anulan entre el Sur y el Norte, o dentro del mismo Sur. 

Por eso, a la hora de plantearnos la unidad del Mercosur, la letanía de la utopía vuelve al tapete. Porque lo que señala este vínculo surgido de lo comercial es la puesta al día de las enormes diferencias entre los cuatro países, que no quitan similitudes. Pero esas diferencias constituyen unas idiosincrasias difíciles de derribar, y que tampoco sería atractivo hacer desaparecer, por eso del color local, por eso del gustito de lo telúrico. En teatro, esas divergencias pueden hallarse a simple vista. Brasil es el lugar de lo exultante, quizás porque los propios brasileños son extremadamente teatrales en su forma de ser, en su comportamiento social. Lo teatral reside en la forma de enfocar el trabajo, en lo extrovertido de su carácter, en lo desprejuiciado de su traslación escénica. No hay tapujos en cuanto a temas y formas. El miedo al ridículo es una ridiculez. El desnudo forma parte del hábito de un espectáculo brasileño. Un país que tiene hoy por hoy a varios de los grandes renovadores de la escena latinoamericana. Sólo Antunes Filho, el creador de Macunaíma, bastaría para reafirmarlo. Un teatro que ha marcado a buena parte de los vecinos, amado en Uruguay y poco apreciado en Argentina. 

El del lado argentino es un caso típico de centralismo. Si bien hay algún conocimiento de lo que se hace en provincias, Buenos Aires es dueña y señora a la hora de hacer balances y visitar el exterior. Con su - a veces - justificada omnipotencia, la capital porteña es la cuna de un teatro comercial a todo lujo - aunque ahora esté un poco en decadencia - y el semillero de actores de primer nivel y de propuestas experimentales de un ex off. A menudo anclada en el naturalismo o en el grotesco, la producción bonaerense tiene una tradición indiscutida, aunque no siempre el desparpajo de los brasileños. Los jóvenes están revolucionando bastante el panorama, con su escritura audaz y de fuerte cuño literario, pero también se agrupan en torno a una carpa y con espíritu circense, como el grupo De la Guarda, seguidor del célebre La Fura dels Baus de España, o bucean en las capas ocultas de una realidad que no se trasluce simplemente en una ilusión de vida. 

Lo de Paraguay es otra historia. Una historia más reciente, envuelta en una dictadura larguísima y que procuró, como en tantos otros lados de este continente, oscurecer la educación y la visión crítica. Pero los paraguayos - y esencialmente la capital Asunción - han ido buscando caminos, a veces enfilando sus naves hacia el teatro popular, con la utilización del guaraní como lengua de choque, abriéndose a visiones diferentes de los clásicos - incluso con directores extranjeros -, formándose o especializándose afuera. Pero en más de una ocasión no han perdido el vínculo con las raíces, con el pasado histórico, con la mezcla racial. Lo indígena está una y otra vez en la escena paraguaya, que todavía abarca un circuito reducido y que pugna por hacer valer a su gente joven, en tiempos de indudable mayor libertad. 

Y finalmente, Uruguay. Con su larga tradición y el poderío de su escena independiente. Con la fama exterior de un público culto y atento, además de actores de peso y amor por los clásicos y los más seductores contemporáneos. Un teatro de múltiples realizaciones, pero de riesgos menores que los de los brasileños. Un teatro en transición, que todavía, a los trece años de terminada la dictadura, está buscando lenguajes de readecuación. Una camada joven que está abriendo otros espacios, evadiendo las salas convencionales para poner el país en la senda de lo que pasa en el mundo. Un público con mayoría de edad avanzada. Un país donde la imaginación tiene el límite del bolsillo. Y en eso es profundamente latinoamericano. Un teatro muchas veces pacato, que tuvo y todavía tiene un fuerte acento en lo ideológico. El teatro visual aún es nuevo en estos parajes, mientras que en lo internacional los extremos no son ya tan claros. 

Entre Uruguay y Argentina ha habido vínculos ancestrales, desde los tiempos de autores comunes, como Florencio Sánchez. Esos vínculos se refuerzan por la penetración de la televisión argentina en las pantallas uruguayas, algo que no se revierte dada la escasa producción local - que temo no sería aceptada tampoco por los porteños. Los elencos argentinos viajan a Montevideo con asombrosa asiduidad y suelen llenar los teatros cuando de figuras televisivas se trata. No ocurre lo mismo con los uruguayos en Buenos Aires, salvo raras excepciones: la Comedia Nacional, El Galpón, el Circular. Y casi nunca las plateas acuden en masa a ver a los artistas de la otra orilla. 

Las relaciones entre uruguayos y brasileños son cada vez más fuertes. La existencia de la Muestra Internacional de Teatro de Montevideo, los festivales de Londrina, Pelotas, Porto Alegre, São Paulo, Canela o Belo Horizonte han significado motivos de encuentro, de confrontación, de ver qué está pasando en ambos países. No es igual el vínculo entre los colosos Argentina y Brasil, que se miran un poco de costado, con las dificultades de que dos potencias se acepten en sus calidades. La situación de Paraguay es más marginal. Si bien elencos uruguayos han visitado Asunción, es poco común que los paraguayos lleguen a los demás países del Mercosur, a veces por desconocimiento, a veces por imposibilidad financiera, a veces por cierto menosprecio que debería ir desapareciendo. El hecho de ser un teatro joven también hace que lo vean con más desconfianza. Pero seguramente, la cosa irá variando. Esperemos. 

Diferentes y cercanos, los cuatro países del Mercosur hacen de su teatro el espejo de sus carencias y sus virtudes. Más revulsivo en unos, más cómodo en otros. Más llamativo en unos, más intimista en otros. Más hablado en unos, más gestualizado en otros. La mutua alimentación podrá ser la manera de conocerse, al fin, de amarse y de odiarse, pero con causa real. Los festivales, los directores viajeros, los actores internacionales, los textos dramatúrgicos podrán ser factor de trasvase de experiencias, de aceptación de especificidades y de valoración de comuniones. Por encima de todo, por encima de características propias, está la glorificación de la calidad, esa que el Mercosur tiene de sobra y que debe salir a vender al mundo. Aunque ese Mercosur, en el día a día, siga siendo una utopía. Una linda utopía que puede convertirse en pequeñas y parciales realizaciones. 

Alfredo Goldstein es crítico teatral.


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