|
|
|
Cursos
de Espanhol |
||||||
|
|
Teatro
y Mercosur: la diferencia hace la unión Durante
años y años se ha hablado de una necesaria unidad latinoamericana. Una
singular utopía que, como tal, está ubicada siempre en el terreno de las
ideas o del papel y que sólo puede desembocar en un sueño eterno. Las
diferencias marcadas entre Uruguay y Cuba, por dar un ejemplo, rubrican una
barrera infranqueable. Lo europeo y lo americano se conjugan, se superponen,
se sustituyen o se anulan entre el Sur y el Norte, o dentro del mismo Sur. Por
eso, a la hora de plantearnos la unidad del Mercosur, la letanía de la utopía
vuelve al tapete. Porque lo que señala este vínculo surgido de lo comercial
es la puesta al día de las enormes diferencias entre los cuatro países, que
no quitan similitudes. Pero esas diferencias constituyen unas idiosincrasias
difíciles de derribar, y que tampoco sería atractivo hacer desaparecer, por
eso del color local, por eso del gustito de lo telúrico. En teatro, esas
divergencias pueden hallarse a simple vista. Brasil es el lugar de lo
exultante, quizás porque los propios brasileños son extremadamente teatrales
en su forma de ser, en su comportamiento social. Lo teatral reside en la forma
de enfocar el trabajo, en lo extrovertido de su carácter, en lo
desprejuiciado de su traslación escénica. No hay tapujos en cuanto a temas y
formas. El miedo al ridículo es una ridiculez. El desnudo forma parte del hábito
de un espectáculo brasileño. Un país que tiene hoy por hoy a varios de los
grandes renovadores de la escena latinoamericana. Sólo Antunes Filho, el
creador de Macunaíma, bastaría para reafirmarlo. Un teatro que ha marcado a
buena parte de los vecinos, amado en Uruguay y poco apreciado en Argentina. El
del lado argentino es un caso típico de centralismo. Si bien hay algún
conocimiento de lo que se hace en provincias, Buenos Aires es dueña y señora
a la hora de hacer balances y visitar el exterior. Con su - a veces -
justificada omnipotencia, la capital porteña es la cuna de un teatro
comercial a todo lujo - aunque ahora esté un poco en decadencia - y el
semillero de actores de primer nivel y de propuestas experimentales de un ex off.
A menudo anclada en el naturalismo o en el grotesco, la producción bonaerense
tiene una tradición indiscutida, aunque no siempre el desparpajo de los
brasileños. Los jóvenes están revolucionando bastante el panorama, con su
escritura audaz y de fuerte cuño literario, pero también se agrupan en torno
a una carpa y con espíritu circense, como el grupo De la Guarda, seguidor del
célebre La Fura dels Baus de España, o bucean en las capas ocultas de una
realidad que no se trasluce simplemente en una ilusión de vida. Lo
de Paraguay es otra historia. Una historia más reciente, envuelta en una
dictadura larguísima y que procuró, como en tantos otros lados de este
continente, oscurecer la educación y la visión crítica. Pero los paraguayos
- y esencialmente la capital Asunción - han ido buscando caminos, a veces
enfilando sus naves hacia el teatro popular, con la utilización del guaraní
como lengua de choque, abriéndose a visiones diferentes de los clásicos -
incluso con directores extranjeros -, formándose o especializándose afuera.
Pero en más de una ocasión no han perdido el vínculo con las raíces, con
el pasado histórico, con la mezcla racial. Lo indígena está una y otra vez
en la escena paraguaya, que todavía abarca un circuito reducido y que pugna
por hacer valer a su gente joven, en tiempos de indudable mayor libertad. Y
finalmente, Uruguay. Con su larga tradición y el poderío de su escena
independiente. Con la fama exterior de un público culto y atento, además de
actores de peso y amor por los clásicos y los más seductores contemporáneos.
Un teatro de múltiples realizaciones, pero de riesgos menores que los de los
brasileños. Un teatro en transición, que todavía, a los trece años de
terminada la dictadura, está buscando lenguajes de readecuación. Una camada
joven que está abriendo otros espacios, evadiendo las salas convencionales
para poner el país en la senda de lo que pasa en el mundo. Un público con
mayoría de edad avanzada. Un país donde la imaginación tiene el límite del
bolsillo. Y en eso es profundamente latinoamericano. Un teatro muchas veces
pacato, que tuvo y todavía tiene un fuerte acento en lo ideológico. El
teatro visual aún es nuevo en estos parajes, mientras que en lo internacional
los extremos no son ya tan claros. Entre
Uruguay y Argentina ha habido vínculos ancestrales, desde los tiempos de
autores comunes, como Florencio Sánchez. Esos vínculos se refuerzan por la
penetración de la televisión argentina en las pantallas uruguayas, algo que
no se revierte dada la escasa producción local - que temo no sería aceptada
tampoco por los porteños. Los elencos argentinos viajan a Montevideo con
asombrosa asiduidad y suelen llenar los teatros cuando de figuras televisivas
se trata. No ocurre lo mismo con los uruguayos en Buenos Aires, salvo raras
excepciones: la Comedia Nacional, El Galpón, el Circular. Y casi nunca las
plateas acuden en masa a ver a los artistas de la otra orilla. Las
relaciones entre uruguayos y brasileños son cada vez más fuertes. La
existencia de la Muestra Internacional de Teatro de Montevideo, los festivales
de Londrina, Pelotas, Porto Alegre, São Paulo, Canela o Belo Horizonte han
significado motivos de encuentro, de confrontación, de ver qué está pasando
en ambos países. No es igual el vínculo entre los colosos Argentina y
Brasil, que se miran un poco de costado, con las dificultades de que dos
potencias se acepten en sus calidades. La situación de Paraguay es más
marginal. Si bien elencos uruguayos han visitado Asunción, es poco común que
los paraguayos lleguen a los demás países del Mercosur, a veces por
desconocimiento, a veces por imposibilidad financiera, a veces por cierto
menosprecio que debería ir desapareciendo. El hecho de ser un teatro joven
también hace que lo vean con más desconfianza. Pero seguramente, la cosa irá
variando. Esperemos. Diferentes
y cercanos, los cuatro países del Mercosur hacen de su teatro el espejo de
sus carencias y sus virtudes. Más revulsivo en unos, más cómodo en otros. Más
llamativo en unos, más intimista en otros. Más hablado en unos, más
gestualizado en otros. La mutua alimentación podrá ser la manera de
conocerse, al fin, de amarse y de odiarse, pero con causa real. Los festivales,
los directores viajeros, los actores internacionales, los textos dramatúrgicos
podrán ser factor de trasvase de experiencias, de aceptación de
especificidades y de valoración de comuniones. Por encima de todo, por encima
de características propias, está la glorificación de la calidad, esa que el
Mercosur tiene de sobra y que debe salir a vender al mundo. Aunque ese
Mercosur, en el día a día, siga siendo una utopía. Una linda utopía que
puede convertirse en pequeñas y parciales realizaciones. Alfredo Goldstein es crítico teatral.
Puede también adquirir la revista HISPANIA haciendo un clic
aquí. |
|||||||